Tacones despiadados

Tacones despiadados

Soy el tío más plantado de toda la historia, y no porque tenga buena planta, precisamente.

Darse lástima a uno mismo es lo peor que un hombre puede sufrir. Está claro que hay cosas peores, como que te pille un tren, por ejemplo, pero ya se me entiende.

La primera vez me cuidé de ponerme guapo para gustarle mucho. Me excité antes de subir al coche que en breve sus tacones pincharían. Llegué yo primero y la esperé ansioso. La brevedad dejó de serlo y la excitación se reblandeció, dejando paso a la decepción cuando recibí su mensaje: «Perdona, no puedo ir». Me quedé tonto, respirando mi propio perfume encantador, mirando la oscuridad. Solo. Busqué en la guantera el puro de emergencia que aguardaba allí durante cuatro años, uno que me dieron en la boda de alguien. Lo saqué y me lo fumé. Saboreé la gloria de sus tacones de humo, esas sus piernas del demonio atrapándome; degusté la nada. 

Me enganché de nuevo al tabaco a razón de un paquete al día.

La segunda vez vivía con otros tacones, unos que cada vez sonaban más lejanos. Necesitaba recuperarlos porque si no mi corazón se moriría para siempre. De modo que preparé una treta: me puse guapo con el pelo mojado y una toalla convertible a tienda de campaña para que cuando detectara mi hombría se rindiera a mis… pies. Preparé en casa un ambiente exótico con un licor para mí y un vaso grande de Coca-cola, cubitos y limón para ella, a su gusto. Pasó la hora acordada y yo cada vez estaba más nervioso y mi pelo más seco. Me lo mojé cinco veces más dejando el baño hecho un asco, y me acabé la botella de licor sentado en el suelo apoyado en la puerta, para poder oír sus tacones amplificados por el eco de la escalera cuando viniera. Le envié un mensaje: «Te estoy esperando». Visto y sin respuesta. Borracho, desnudo, patético, rodeado de colillas y sin tacones.

Este dolor de vacío se tuvo que cubrir aumentando la dosis a dos paquetes de cigarrillos diarios.

La tercera vez los tacones eran de paso ligero. Su propietaria y yo quedamos en que íbamos a ser de usar y tirar unas cuantas veces, lo justo para despejarnos y tenernos de sostén. No pretendía engancharme a ellos, esta vez no iba a sufrir. En mi cabeza era espectacular, sin embargo mi sino no iba a cambiar. Tras varios deseos frustrados de poder cuadrar agendas, por fin quedamos. Yo quería controlar la situación, mas no hubo manera porque estaba demasiado deseoso. Ella me tenía que avisar para ir a su casa esa tarde. Me puse guapo, con un afeitado de artista en la perilla y una chaqueta sin estrenar. Cancelé algunos asuntos para poder recrearme con esos tacones que tanto me enardían y esperé. Esperé. Acabé mis cuarenta cigarros. Al final le escribí: «Supongo que ya no puedes quedar». Al minuto: «Lo siento, me han liado». 

Empecé mi tercera cajetilla. 

La cuarta vez no me iba a pillar el toro, ni los tacones, porque estos tacones ya no eran unos tacones cualquiera, eran unos tacones muy especiales. Iluso de mí. Y tanto. Es demasiado doloroso recordarlo por la simpleza de la situación, así que lo dejaremos sólo en que después de ponerme guapo estos tacones mortíferos me dejaron colgado de nuevo.

Y de esta manera aumenté a cuatro el placer exigüo del maldito, caro y corrosivo vicio de los envases de nicotina.

En mis sueños flotan los tacones despiadados que me plantaron. Me acosan pidiéndome mil disculpas y taconean desde fuera tacones nuevos a los que no quiero oír. 

Si yo os perdono, cariños míos, pero es que… fumar mata.

Ella es Gabriel.

despiadados

2 comentarios en “Tacones despiadados”

    1. ¡Hola, Juan Carlos, amiguet!

      Jajajaja a veces me sale la vena. Eternamente agradecida ♥ Lee dentro de Blog la editorial de Fetiche, las otras líneas posiblemente no te interesen.

      Un placer, Indiana, y una alegría enorme que me has dado 🙂

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